Cuando una respuesta resulta imprecisa, contradictoria o poco útil, la atención suele dirigirse inmediatamente hacia quien responde. Sin embargo, antes de interpretar esa respuesta conviene examinar otra variable: cómo se obtuvo.

Una entrevista no es un recipiente neutral del que simplemente extraemos información. Es una interacción. La formulación, el orden, el grado de apertura de las preguntas, las interrupciones y la información introducida por quien entrevista pueden condicionar qué información llega a expresarse y de qué manera.

Esto no significa que una pregunta determine necesariamente una respuesta ni que toda entrevista imperfecta invalide la información obtenida. Significa algo más prudente y más útil: la calidad del proceso de obtención forma parte del contexto en el que debemos valorar su resultado.

Preguntar más no siempre significa obtener más

Ante un relato incompleto es comprensible intentar llenar los huecos mediante preguntas cada vez más específicas. El problema es que una pregunta cerrada o muy dirigida reduce el espacio de respuesta y puede introducir elementos que no procedían espontáneamente de la persona entrevistada.

La investigación sobre entrevista investigativa favorece, especialmente en las primeras fases de recuperación, el uso de invitaciones abiertas que permitan una narración amplia antes de avanzar hacia cuestiones más específicas. Los enfoques basados en ciencia de la memoria también subrayan la importancia de adaptar la entrevista a la forma en que la persona recupera y comunica la información, en lugar de imponer prematuramente la estructura mental del entrevistador.

Una respuesta no puede analizarse por completo sin considerar la pregunta que la produjo.

Una pregunta puede contener más información de la que parece

Algunas preguntas incorporan presuposiciones. Otras ofrecen alternativas que delimitan el universo posible de respuestas. Otras introducen detalles que la persona no había mencionado.

En esos casos, el entrevistador deja de limitarse a solicitar información y comienza, en alguna medida, a proporcionarla. La literatura sobre memoria y entrevista ha mostrado que las preguntas sugestivas y la información posterior al acontecimiento pueden influir en el recuerdo y en el contenido comunicado.

Por eso resulta relevante distinguir entre información aportada espontáneamente y aquella que aparece después de una intervención más directiva. No para descartar automáticamente esta última, sino para comprender mejor cómo llegó a formar parte de la declaración.

El problema de buscar demasiado pronto una respuesta concreta

Quien entrevista suele conocer más del asunto que quien declara: ha leído el expediente, dispone de hipótesis y sabe qué extremos necesita aclarar. Esa ventaja es necesaria para preparar una buena entrevista, pero también puede convertirse en una fuente de sesgo.

Cuando una hipótesis domina demasiado pronto la conversación, existe el riesgo de formular preguntas destinadas principalmente a confirmarla y de prestar menos atención a información inesperada o incompatible con ella.

Una entrevista eficaz no exige renunciar a una estrategia. Exige evitar que la estrategia determine de antemano aquello que estamos dispuestos a escuchar.

Preparar no es guionizar

La preparación de una declaración plantea además una distinción importante. Ayudar a una persona a comprender el contexto, escuchar con precisión, responder a lo que se le pregunta, ordenar mentalmente la información relevante o gestionar factores emocionales que interfieren en su capacidad para comunicar no equivale a proporcionarle un relato.

La frontera es esencial. El objetivo de una preparación rigurosa no es fabricar una versión más convincente, sino crear mejores condiciones para que la información propia de la persona pueda ser recuperada y comunicada con claridad, sin añadir contenido que no le pertenece.

Preparar la comunicación no significa construir el contenido.

¿Qué cambia esto para la estrategia jurídica?

Mucho antes de una entrevista o un interrogatorio puede decidirse qué información necesitamos obtener, qué extremos requieren contraste y qué secuencia permitirá avanzar sin contaminar innecesariamente el relato.

Y después de una declaración, revisar las preguntas junto con las respuestas puede revelar algo que la lectura aislada del contenido no muestra: dónde apareció por primera vez un detalle, qué información fue introducida por el entrevistador, qué cuestión quedó realmente sin responder o qué conclusión quizá estamos atribuyendo a la persona cuando en realidad estaba contenida en la propia pregunta.

Esto convierte la formulación de preguntas en algo más que una cuestión de estilo. Puede convertirse en una cuestión de calidad de la información.

Antes de interpretar una respuesta, conviene examinar cómo la obtuvimos.

Porque una buena estrategia no consiste únicamente en saber qué queremos averiguar. También exige pensar cuidadosamente cómo vamos a averiguarlo.