Una persona declara sobre unos hechos. Tiempo después vuelve a hacerlo y algunos detalles han cambiado. En un procedimiento, esas diferencias importan. Pero la existencia de una inconsistencia y la explicación de esa inconsistencia son dos cuestiones distintas.
Puede aparecer información que antes no se mencionó. Un elemento puede situarse en otro momento. Una secuencia puede narrarse de forma diferente. Incluso pueden surgir contradicciones entre versiones.
Interpretar inmediatamente una diferencia como indicio de engaño puede resultar tan precipitado como ignorarla. La investigación sobre declaraciones repetidas muestra precisamente por qué conviene tratar la consistencia con mayor precisión: detalles que aparecen en una entrevista posterior pueden mantener niveles elevados de exactitud, y la consistencia no funciona como un indicador simple de verdad o mentira.
La memoria no funciona como una grabación
Cuando recordamos un acontecimiento no reproducimos una copia exacta e inalterable. La recuperación de un recuerdo es un proceso reconstructivo. Lo que finalmente puede comunicarse depende de cómo fue percibido el acontecimiento, de la atención disponible, del paso del tiempo y de las condiciones en las que posteriormente se intenta recuperar esa información.
También importa lo ocurrido después. Décadas de investigación sobre el denominado misinformation effect han mostrado que la exposición posterior a información engañosa puede afectar al recuerdo de un acontecimiento. Esto obliga a considerar no solo qué recuerda una persona, sino también qué información pudo recibir entre el hecho y una declaración posterior.
No todas las inconsistencias dicen lo mismo
Hablar de una declaración “inconsistente” como si se tratara de una categoría única simplifica demasiado el problema. La literatura distingue diferentes formas de consistencia: dentro de una misma declaración, entre declaraciones sucesivas, entre distintas personas o entre una declaración y la evidencia disponible.
Para la estrategia jurídica, además, importa la relevancia concreta de aquello que cambia. Una diferencia sobre un elemento periférico y una contradicción respecto de un hecho con consecuencias probatorias directas pueden exigir respuestas estratégicas muy distintas. Eso no significa que una de ellas revele automáticamente engaño; significa que no deben analizarse como si fueran equivalentes.
También importa cómo se obtuvo la declaración
El contenido de una respuesta no puede separarse completamente del contexto en el que fue obtenida. No proporciona necesariamente la misma información una narración libre que una respuesta a una pregunta cerrada, ni una pregunta neutral que otra que incorpora información o dirige la atención hacia una alternativa concreta.
Por eso, ante una diferencia entre declaraciones, revisar únicamente las respuestas puede dejar fuera una parte relevante del problema. Puede ser necesario examinar qué se preguntó, cómo se preguntó, qué información estaba disponible para la persona en ese momento y qué ocurrió entre una declaración y la siguiente.
La declaración tampoco existe aislada de la evidencia
Una inconsistencia adquiere mayor significado cuando puede contrastarse. Documentación, comunicaciones, registros, imágenes, declaraciones de otras personas u otra evidencia independiente pueden confirmar determinados extremos, cuestionarlos o abrir explicaciones alternativas.
El objetivo no debería ser decidir intuitivamente si alguien “parece creíble”, sino distinguir entre lo que observamos y las explicaciones posibles de aquello que observamos.
Una diferencia podría relacionarse con procesos de memoria, con la forma en que se obtuvo una declaración anterior, con información incorporada posteriormente, con una interpretación distinta de lo preguntado, con una omisión deliberada o con engaño. Algunas hipótesis podrán descartarse al contrastarlas con la evidencia. Otras quizá no.
¿Qué cambia esto para la estrategia jurídica?
Una inconsistencia no solo puede utilizarse para cuestionar una declaración. También puede indicar dónde profundizar.
Puede señalar qué extremo merece ser contrastado con evidencia independiente, qué documentación conviene revisar, qué parte de una declaración anterior necesita contextualización o dónde una línea de entrevista o interrogatorio puede resultar especialmente relevante.
Ahí una contradicción deja de ser únicamente un problema de credibilidad y se convierte en información capaz de orientar el análisis.
Separar el dato de su explicación reduce el riesgo de convertir demasiado pronto una hipótesis en una conclusión.